

Lo grave fue que como toda acción minoritaria, por muy violenta que sea si carece de motivos, tiende a diluirse como finalmente ocurrió, lo triste es que a medida que la razón se impone en cerebros perturbados, el peso de la culpa por los atropellos cometidos hacen que traten de que pasen desapercibidos y de matar a quienes los reconocerán y acusarán señalándolos con el dedo y mirándolos a los ojos...

El miedo a rendir cuentas los hizo disparar contra quienes les parecieron acusadores y murieron inocentes acribillados por la metralla que pretendía callar las bocas, para ellos, amenazantes... amenazas que jamás existieron, sólo llamadas a la tranquilidad y al diálogo. Respondieron con balas y derramaron la sangre de inocentes y nos obligaron... a prohibirnos el olvido
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