domingo, 6 de abril de 2014

No confìo en ti...


Había una vez un príncipe que se acercó a la princesa con la que salía hace un tiempo y le dijo: ”¿quieres ser mi novia?”. La princesa un poco sorprendida (sólo un poco, no mucho) le respondió muy espontáneamente y desde el fondo de su corazón: “¿Y para qué?”. Desde ese día, el príncipe se quedó como dibujado perpetuamente y la princesa se fue saltando por los prados, buscando otros príncipes a los que encantar. Fin.
Después de conocer esta conmovedora historia, se me despertó una inquietud que he querido también despertar en otras personas, un poco para buscar complicidad y también como para corroborar algo que vengo pensando hace rato: ¿por qué necesitamos ponerle etiquetas a nuestras relaciones? ¿Por qué necesitamos decir que “él es mi novio” o “ella es mi novia”? ¿Por qué el común de la gente necesita hacer cosas como casarse para tener (una especie de) certeza de que su pareja lo ama de verdad? Cada vez que algún amigo o amiga me cuenta que se va a casar, le hago la misma pregunta que le hizo la princesa al príncipe: “¿Y para qué?”. Hasta el momento nadie me ha dado una respuesta satisfactoria: “es que cuando tengamos hijos…”,y eso que las leyes hace rato que tratan de igual forma a los hijos nacidos dentro o fuera del matrimonio; “es que si me muero, es como una forma de asegurar los bienes…”, si se hace una sociedad, eso puede quedar resuelto; “es que por la familia…”, como si se fueran a casar con la suegra. Y así, tanta respuesta que tiene una solución fuera del compromiso social que significa casarse y que no tiene nada que ver con el querer a alguien o no.
¿De verdad necesitas que te prometa que quiero estar contigo toda la vida, delante de tu familia y la mía, nuestros amigos, el juez, la iglesia y todo el mundo, para que me creas? ¿Y quieres que me quede contigo en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, y hasta que la muerte nos separe, sólo porque te lo prometí? Es cierto que hay muchos momentos en una relación de pareja en los que uno lo único que quiere es mandarlo al otro a la punta del cerro y no volver a verle la cara por el resto de la vida. Estos momentos son muchos más de lo que uno quisiera, pero ¿no se supone que es lo que se siente por el otro, lo que a uno lo debería mantener con la disposición de resolver las cosas y seguir a su lado?
En mi búsqueda de cómplices, hace unos días hablé con una amiga que fue eterna y terriblemente celosa. Ella siempre creyó que sus parejas la engañaban y le mentían, lo que obviamente le trajo millones de problemas que sin su fértil imaginación, no habrían existido. Resulta que mi amiga, después de haber sufrido una última ruptura bastante dolorosa, como que tuvo una epifanía. En un acto de sabiduría máxima me confesó que creía que “la fidelidad es una tontera”. ¡ALELUYA! Encontré mi primera cómplice. Lo conversamos y pensábamos lo mismo al respecto: uno promete fidelidad y espera fidelidad del otro para no correr el riesgo que el otro nos deje porque le gustó una carne distinta al probarla. Pero, ¿por qué necesita uno que le prometan que no lo van a dejar? ¿Es acaso posible asegurarle a alguien una cosa tan incierta?¿Por qué la seguridad emocional se afirma de algo tan vulnerable? Al final, si mi pareja se va con otra, está actuando en su libertad, y de seguro está haciendo caso a lo que siente. Tengo la sensación que no soy yo la que se vería directamente afectada, si no que lo que me zapatearía sería el ego. Si mi pareja se queda exclusivamente conmigo sólo porque me lo prometió, está traicionándose a si mismo y de pasada me está traicionando a mí. En este caso, hacer las cosas por compromiso, es igual de falso que reírse del chiste aburrido del jefe, sólo porque es quien me paga el sueldo.
Pero les cuento que esta cosa de la liberación del compromiso, tan históricamente atribuida al macho cabrío, está traspasándose lentamente al género femenino. No es novedad que las féminas ya no estamos siendo esas mujeres apegadas y dependientes de lo que el hombre nos entrega: amor, sexo, dinero, familia, casa, seguridad, etc. La independencia  de nuestro género ha llegado a un punto tal, que he escuchado a muchas mujeres hablar de “una canita al aire no le hace mal a nadie”, “mientras yo no me entere, que haga lo que quiera”, “no tengo por qué darle explicaciones”… esas frases que antes sólo se escuchaban en reuniones de amigotes.

Mirándolo desde esta perspectiva en la que la palabra compromiso está perdiendo el significado que tenía y se va transformando en un acto de honestidad y más que nada en un “ser consecuente con lo que siento”, me da la idea de que el concepto de confianza ha ido cambiando su sentido. Cuando estoy confiando en alguien, estoy poniendo mis expectativas en el otro y al hacer eso, también estoy determinando mi felicidad. Es decir, si yo CONFÍO en que tú vas a ser fiel, estoy esperando que de una u otra manera hagas lo que yo espero de ti, y si no cumples eso que quiero que hagas, me sentiré infeliz. Esto me hace cuestionar si realmente es eso justo ¿Cómo podría yo ser feliz o infeliz porque el otro cumple la idea que me hice de lo que él tenía que hacer para hacerme feliz? ¿No se supone que eso es una tarea que tengo que hacer yo, para mí? y transferírsela al otro y enojarme o entristecerme porque no la hace, ¿no es aprovecharse?
Al vislumbrar esto, decido no confiar en nadie. No lo digo en el sentido de la típica chica loca que anda desconfiando de todo y de todos y no cree en nada ni nadie. Al declarar no confiar, declaro que no pongo expectativas en nadie, loque el otro haga o no haga no puede determinar mi felicidad, porque él mismo se tiene que encargar de su propia felicidad que ya es bastante trabajo.
No es que crea que uno deba andar agarrándose a lo que le pase por delante porque está siendo consecuente con cada deseo que sienta, pienso que eso también habla de un desequilibrio importante y de ciertas carencias afectivas dignas de terapia, pero sí enfatizo en  que uno debe ser consecuente con lo que siente y no esclavizarse a morales y éticas inquisitivas que lo único que hacen es aumentar una enfermedad que ancestralmente las mujeres nos venimos heredando: LA CULPA. No puedes sentirte culpable por sentir algo y ser consecuente con eso.
Ahora (y aquí estoy de acuerdo con mi amigo terapeuta Harold Hernández) lo ideal es encontrar a alguien en la vida por el que sienta todo lo que necesito sentir para crecer y ser feliz. El clímax en mi manera de relacionarme, debería estar cuando encuentre a esa persona única e irrepetible que hace que no tenga ganas de hacer ni sentir cosas por nadie más. Algunos tienen la sabiduría para poder encontrar a esa persona y, es cierto, son infinitamente felices. Pero ¿qué hace el que no tiene las herramientas para encontrar lograrlo?(Ojo que la suerte aquí no existe, uno siempre elige) No queda más remedio que ser profundamente conectado con tu interior, reconocer lo que sientes y ser determinadamente consecuente con eso. ¡Ah! Y ser lo más transparente posible para que el otro no viva realidaduna demasiado irreal.
Para cerrar, me pongo soberbia: voy a hacer un compilado de las cosas que he leído y que sabias personas me han enseñado y voy a terminar dándote un consejo que si quieres lo sigues: hazte caso, que tú mismo tienes todo lo que necesitas para ser feliz. No confíes ni desconfíes de nadie, porque el otro nunca, NUNCA va a tener la culpa de que seas infeliz. Si quieres a alguien, quiérelo y se feliz porque lo quieres y ya está. Si eso no te hace feliz, pues búscate a otro que sí lo haga.  Como leí por ahí, si quieres un perro que maulle, mejor cómprate un gato. Así de fácil y así de complejo.
Por: Barbarita Mejías


2 comentarios:

Anónimo dijo...

reflexionar de esto y de la vida es maravilloso, que palabras más sabias encontre al leer. Cada día me siento más libre, no necesito ponerle nombre a mi relación por que me hace feliz y a esa libertad quiero ir a diario.
ójala siga por el buen camino.....
me encanto leer esto

Bbta dijo...

Muchas gracias! mientras te ayude a ser feliz está todo perfecto! un abrazo